LICATA Riccardo
Las obras de Riccardo Licata (Turín, 1929 – Venecia, 2014) a menudo parecen páginas escritas en una lengua desconocida. Pequeños signos, formas parecidas a letras y símbolos se suceden sobre la superficie, creando ritmos que recuerdan a una partitura musical. Sin embargo, no hay ningún mensaje que traducir palabra por palabra: el significado nace de las pausas, las repeticiones, las variaciones cromáticas y la forma en que los elementos se relacionan entre sí. Esta escritura visual es el rasgo más reconocible de una investigación que abarca la pintura, el mosaico, el grabado y otras técnicas sin perder su propia identidad.
Venecia y el nacimiento de un alfabeto
Tras pasar la infancia en distintas ciudades, Licata se instala en Venecia en la posguerra y asiste al Liceo Artistico y a la Accademia di Belle Arti. La ciudad ofrece un ambiente especialmente fértil: a la tradición del color y del mosaico se suman las propuestas contemporáneas presentadas en la Bienal, que alimentan el debate sobre cómo superar la figuración tradicional. Las posibilidades constructivas de la abstracción y el interés por el Bauhaus contribuyen a orientar su investigación hacia un lenguaje en el que el signo no describe un objeto, sino que organiza el espacio.
Con el tiempo, este vocabulario se vuelve cada vez más personal. Las formas pueden disponerse en filas casi ordenadas o moverse libremente, como si siguieran un ritmo interno. Algunas recuerdan a letras, otras parecen fragmentos de símbolos arcaicos, pero su fuerza no depende de que puedan identificarse. La relación entre un signo y otro es lo que produce tensión y armonía. Las áreas de color, a veces transparentes y delicadas, y otras más densas, sostienen esta trama sin recurrir a la perspectiva tradicional. Contemplar una pintura de Licata significa seguir una sucesión de acentos, como si se escuchara una composición musical.
El mosaico como forma de pensar la superficie
El mosaico tiene una importancia decisiva en su trayectoria y no debe considerarse una simple aplicación decorativa de la pintura. La construcción mediante teselas separadas obliga a reflexionar sobre los intervalos, las direcciones y las relaciones cromáticas: cada elemento adquiere significado en relación con los que lo rodean. Ya en los años cincuenta, Licata presenta obras musivas en importantes exposiciones, entre ellas la Bienal de Venecia. L experiencia del mosaico deja huellas profundas también en las pinturas, en las que la superficie puede parecer organizada como un conjunto de unidades rítmicas.
Esta sensibilidad se extiende a los vidrios pintados, los tapices y otras experiencias matéricas. No es tanto el material en sí lo que determina la obra, sino el modo en que permite que el trazo aparezca, se interrumpa y continúe. La continuidad entre técnicas distintas revela la solidez de su investigación: la escritura visual no pertenece a un soporte particular, sino que es un principio compositivo capaz de adaptarse a distintas escalas y superficies.
Grabado, enseñanza e investigación internacional
Licata se dedica a las artes gráficas desde los años cincuenta, y encuentra en el grabado un campo especialmente adecuado para experimentar con su propio alfabeto. El trazo grabado puede ser fino, inciso, superpuesto o repetido; el color puede introducir nuevas relaciones entre las formas. La concentración que exige la hoja suele hacer más evidente la estructura interna de sus composiciones. Por eso, las estampas no son solo versiones reducidas de las pinturas, sino obras en las que el lenguaje del artista se mide con las posibilidades específicas de la matriz.
Su actividad también se desarrolla en Francia, donde se dedica a la enseñanza del mosaico y participa en un contexto artístico internacional. A lo largo de las décadas cambia de soportes y dimensiones, pero mantiene un interés constante por el encuentro entre el trazo, el color y la memoria. Al catalogar sus estampas, es necesario distinguir las técnicas efectivamente documentadas —como el aguafuerte, la aguatinta, la litografía o la serigrafía—, sin atribuirlas de forma genérica a cada ejemplar. La cualidad más duradera de su obra sigue siendo la capacidad de transformar la superficie en un lugar que recorrer con la mirada: un conjunto de trazos que no se leen literalmente, pero que sugieren el ritmo de una lengua imaginaria.
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