MAGNELLI Alberto
Alberto Magnelli (Florencia, 1888 – Meudon, 1971) es uno de los artistas que contribuyeron a dotar a la abstracción europea de un lenguaje autónomo, capaz de emocionar sin recurrir a la representación de un tema. Sus composiciones están hechas de formas que se encuentran, se superponen o se repelen, de colores que cobran fuerza al contrastar y de espacios construidos con una precisión nunca fría. La aparente sencillez de este vocabulario es el resultado de un recorrido complejo, en el que la figuración y la abstracción no se excluyen, sino que se alimentan mutuamente.
De la tradición toscana a las vanguardias
Magnelli se formó en gran medida como autodidacta, observando atentamente a los maestros toscanos de los siglos XIV y XV. De esas obras aprendió el valor de la construcción, del equilibrio entre las masas y de la claridad espacial: cualidades que seguirían siendo reconocibles incluso en sus pinturas más alejadas de la figura. En la Florencia de principios del siglo XX frecuentó los círculos cercanos al futurismo, sin llegar a adherirse a él de forma estable. Una estancia en París en 1914 le permitió entrar en contacto con las investigaciones de las vanguardias y con artistas e intelectuales como Picasso, Léger y Apollinaire.
Ya en 1915 realizó pinturas abstractas, en un momento en que renunciar a un tema reconocible representaba una elección todavía radical. Esos primeros ensayos no son un simple ejercicio geométrico: las formas parecen buscar su propio movimiento, mientras que el color contribuye a organizar su ritmo. En las explosiones líricas de 1918, la composición se vuelve más fragmentada y dinámica. En los años veinte, Magnelli volvió, en cambio, a una pintura figurativa de marcado carácter arquitectónico. Este paso, aparentemente contradictorio, revela lo importante que era para él seguir explorando la estructura de la imagen, aparecieran o no en ella objetos reales.
Las «Piedras» y la madurez abstracta
Tras su traslado a París en 1931, la serie de las «Piedras» marcó una nueva transformación. Las formas rocosas ofrecieron un punto de partida concreto, pero su peso, sus perfiles y sus relaciones volumétricas se tradujeron progresivamente en una construcción pictórica autónoma. Es como si Magnelli hubiera encontrado en la materia natural una manera de llegar, una vez más, a la forma pura. Desde mediados de los años treinta, su lenguaje se orientó con mayor decisión hacia la abstracción: curvas amplias y segmentos rectilíneos, zonas claras y oscuras, superficies compactas e intervalos medidos empezaron a componer un sistema visual cada vez más personal.
Los años de la guerra, transcurridos también en Grasse, en el sur de Francia, fueron un periodo difícil, pero no improductivo. En su diálogo con artistas como Hans Arp y los Delaunay, Magnelli siguió experimentando, trabajando también con collages y soportes insólitos como la pizarra. El problema seguía siendo el mismo: comprender cómo una superficie puede adquirir profundidad, tensión y movimiento mediante la sola relación entre sus elementos. En la posguerra, esta investigación alcanzó una síntesis especialmente rigurosa. Una curva introduce una pausa en un sistema de líneas rectas; un color parece avanzar mientras el contiguo retrocede; una forma compacta puede parecer ligera gracias al espacio que la rodea.
Los dibujos, collages y obras gráficas permiten seguir esta investigación también fuera del lienzo. En las estampas, sin embargo, es necesario distinguir entre obra gráfica original, reproducciones editoriales e impresiones posteriores, comprobando la técnica, la editorial, la posible tirada y las referencias de catálogo. L'importancia de Magnelli no reside en haber inventado un alfabeto abstracto inmutable, sino en haber demostrado que las formas y los colores pueden tener una presencia emocional y poética propia. Sus obras piden ser contempladas despacio, siguiendo las relaciones que las mantienen en equilibrio.
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